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Tras la Cumbre de París es generalizada la sensación agridulce de que empieza a haber una concienciación mundial generalizada del cambio climático pero se sigue sin coger al toro por los cuernos. Se han cumplido algunas de las expectativas que esa reunión inicialmente despertaba, pero se han quedado atrás otras tantas, pese a que el objeto era de un interés común incuestionable: nuestro futuro como seres humanos en relación con el planeta. Parece que en las decisiones tomadas para ese futuro siguen teniendo un gran peso los intereses particulares, el egoísmo, la codicia… Los países ricos seguimos hablando más que actuando, como la respuesta real al problema de los refugiados sirios, y es que es más fácil debatir que ponerse manos a la obra cuando nuestras necesidades están sobradamente cubiertas. No se valoran las cosas hasta que se pierden…y con esta lógica nos queda aún mucho por perder. Los países pobres ven como sus recursos van desapareciendo en aras a nuestro disfrute, con lo que piensan, no con cierta razón, que la responsabilidad de la situación está en los que nos hemos aprovechado hasta ahora de ella.

El hecho es que si el planeta sigue perdiendo biodiversidad y deja de tener la capacidad de acogernos en su regazo, ni los países ricos ni los pobres sobreviviremos, aunque ya se sabe que los primeros en caer son siempre los más vulnerables, los que no tienen más recursos que su propia existencia. Pero lo cierto es que la casa es tan resistente como sus pilares más débiles y si éstos caen, la casa entera se derrumba.

Si en algún momento conseguimos dejar de generalizar y de ver el problema fuera de nosotros, podríamos darnos cuenta de que también es el nuestro, queramos o no. Esto nos haría partícipes de su existencia pero también de su solución. Nos daríamos cuenta de que la responsabilidad es también nuestra pero también que podemos hacer mucho si nos unimos. Un pequeño resorte junto a otros pueden llegar a tener una gran potencia.

Es más fácil echar la culpa a los políticos de la falta de resultados que regar esa semilla en cada uno de nuestros pequeños actos. Y lo cierto es que el mundo que tenemos al final es el que vamos forjando con nuestro pensamiento y nuestras acciones; las de cada uno de nosotros, las de todos.

¿Por qué no empezamos hoy a transformar nuestra realidad cotidiana? Enterarnos de lo que hay detrás de las cosas que consumimos, rechazar la falta de información, valorar el trabajo de lo pequeño frente a la manipulación de lo grande, de lo local frente a “no se de dónde viene” o “como se ha producido”, hacer más sostenible nuestra vivienda y nuestra ciudad…,elegir lo que enriquece nuestra alma y el entorno que habitamos frente a la comodidad a costa de todo. Podemos unirnos para rehabilitar el lugar en el que vivimos, hacerlo más sostenible, más eficiente, más confortable y respetuoso con el medio ambiente y, al mismo tiempo, disminuir nuestros gastos futuros y los de nuestros hijos, participar en mejorar la salud de la economía de todos aumentando la nuestra.

Todo esto es lo que pretende la iniciativa Rehabilita Aragón (www.rehabilitaaragon.org), la unión de todos los agentes, desde los usuarios hasta las empresas e instituciones pasando por los técnicos y la administración, para informar adecuadamente y hacer posible una acción tan compleja y deseable como es la rehabilitación.

El mar inmenso proviene del flujo constante de gotas y gotas de agua que se juntan en los ríos y que, por la fuerza de la gravedad, se concentran en las partes más bajas del planeta. Es la lógica natural, no hacen falta trasvases artificiales para que esto se produzca. Simplemente las gotas siguen la ley de su propio peso y se unen por su propia condición, aunque lo que forman sea complejo por la interacción con el terreno por donde pasan, el clima y otras muchas circunstancias.

Quién sabe hasta dónde se puede llegar sumando uno más otro. La matemática dice que hasta el infinito.

Alberto Monreal. Arquitecto

 

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